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Bunbury actúa ante 10.000 fans en el WiZink Center de Madrid

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En cuatro años Enrique Bunbury (Zarazoga, 1967) ha pasado de esperanzas a expectativas, esa es la senda transitada desde el ‘Despierta’ de ‘Palosanto’ hasta ‘La ceremonia de la confusión’ de su más reciente entrega, en la que plasma el desencanto vital reinante en un mundo que estuvo a punto de cambiar… mas no.

Porque estaba escrito que habría una revolución en las calles, y la hubo, pero no fue para tanto. El peso del empuje contra la pared viene ahora de vuelta.

Hay un desencanto obvio en estas ‘Expectativas’ (OCESA/Warner, 2017) que no dejan de ser rebatidas por el mar que no cesa. Tal y como apuntaba en entrevista a Europa Press el aragonés con motivo del lanzamiento de este nuevo álbum: “Hubo un momento en el que parecía que globalmente el hartazgo había llevado a un levantamiento que podía fructificar. Pasado ese momento, parece que las aguas nos devuelven a una decepción y a un callejón sin salida”.

Según se desarrolla el álbum, sin embargo, se vislumbra una salida, un refugio, un momento para cerrar los ojos y ausentarse del ruido y la furia. “Para mí los poetas, los músicos, los grandes cineastas, los pintores… son santos que nos ofrecen milagros con los que curamos o aliviamos nuestras heridas y dolor”, explicaba a Europa Press este Bunbury que humildemente señala a otros en su labor curativa, pero que hizo precisamente eso en la noche de este viernes ante 10.000 fans en el WiZink Center de Madrid. Acoger, amparar, aliviar y, en última instancia, curar.

Durante dos horas de recital, Bunbury planteó sus dudas y sus expectativas musculosamente respaldado por Los Santos Inocentes, la banda que desde hace una década no solo le respalda, sino que le eleva hasta ese rock mayúsculo que ante tanta incertidumbre solo devuelve certezas. Porque la noche que arranca con ‘La ceremonia de la confusión’ y termina con ‘Lady Blue’ contiene en su desarrollo todas las respuestas que el propio artista aragonés busca para sí. Pero no se las queda para el solo, sino que las comparte, amplificando así su mensaje.

 

Sonido enmarañado como procede ante la descarga inicial, con un enjambre de guitarras desde el que sobresale el saxo como peculiaridad en esta etapa de la banda, para dar un toque aún más postapocalíptico al discurso ya de por sí pavoroso.

“El mejor lugar para saber lo que pensamos los músicos, si alguien tiene algún interés, son nuestras canciones”, explica desde el escenario un Bunbury un tanto hastiado de su condición de portavoz por culpa de esos periodistas que se empeñan en preguntarle sobre actualidad política.

Pero es que esas preguntas se hacen inevitables con canciones como ‘Cuna de Caín’, que aunque reflexione sobre relaciones personales, bien podría también cavilar sobre relaciones sociales mucho más amplias. ‘Dos clavos a mis alas’ es la primera mirada atrás ajena al nuevo repertorio, seguida por la intensidad de ‘El anzuelo’. De vuelta al más crucial presente, la creciente ‘Parecemos tontos’ supone el primer karaoke colectivo de la velada con robustos gritos comunales: “En noche cerrada entran todas las moscas, y nos bañamos en el mar la mar de bien. Mas allá donde no alcanza la vista llegaban mis expectativas”

Descarga de hard rock en ‘Los habitantes’, con un duelo de guitarras ciertamente poderoso entre Jordi Mena y Álvaro Suite que da paso al reencuentro con Héroes del Silencio en ‘El mar no cesa’.

Enrique Bunbury

Enrique Bunbury

 

Y lógicamente, como ya es tradición, se desata la locura, en este caso especialmente al tratarse de una pieza poco manoseada. La grandilocuencia de ‘El rescate’, toda una oda al amor desesperado, se apodera del recinto aupada por una banda más que solvente y un Bunbury al que solo le falta caminar sobre las aguas que se abren ante él en un océano de cabecitas cantoras y teléfonos móviles al aire.

Ya habrá tiempo para eso. Por el momento, con un sonido ya bastante mejorado, vuelta al rock con ‘Despierta’, llamada a la acción a la que sigue esa declaración de autoafirmación que es ‘El hombre delgado que no flaqueará jamás’. Las gradas literalmente cabalgan, el gentío trota sobre las butacas y la pista se llena de olas que, tras fluir en diversas direcciones, confluyen en ‘Hay muy poca gente’, otra pieza especialmente guitarrera y coreada en la que se aprecia otra vez la sobrada capacidad de Mena y Suite. Ya más que compenetrados por el paso del tiempo, como el resto de esta banda que supura rock pero no se limita a eso.

La preciosista ‘Más alto que nosotros solo el cielo’ da paso a un ‘Héroe de leyenda’ renovado que los asistentes recitan con la ceremoniosa solemnidad que merece en su condición de piedra roseta en la vida de Bunbury.

 

 

Regresa el discurso más actualmente político con ‘En bandeja de plata’ en la que el zaragozano, ciertamente, plasma su visión de las cosas mejor que en cualquier entrevista: “Parece que si hay que elegir dejar en las manos responsabilidad, pudiendo escoger entre dos o tres, preferimos al más subnormal. Nada ocurre por casualidad, no puede un retrasado mental estar al frente de todo“.

La altura es ya considerable para cuando llega el turno de nadar ‘Mar adentro’, con el enésimo karaoke colectivo, a cada cual más caníbal. Y aunque ‘De todo el mundo’ es un pasaje que requiere cierto recogimiento, resulta eso más que complicado cuando el público asistente ya ha decidido que lo va a cantar todo. Que lo va a gritar todo. Que se va a refugiar en todas y cada una de las canciones lanzadas desde el escenario. Por eso, cuando ‘Maldito duende’ pone la épica más rockera imaginable, es normal que Bunbury se arroje contra ese océano enajenado que incesantemente le llama.

Y el baño de masas se consuma introduciéndose entre las primeras filas desatando la adorable locura.

Un breve descanso por el bis para secar el sudor y al baile con ‘Que tengas suertecita’ y ‘El extranjero’, dos de las composiciones más exóticas en una velada eminentemente rockera, pero que termina abriéndose a las distintas aristas de Bunbury de manera inevitable. ‘Infinito’ ha perdido su punto ranchera con el paso del tiempo, pero el gentío sigue abriéndose el pecho cantándola (literalmente muchos hacen el gesto). El pequeño cabaret ambulante se monta en un abrir y cerrar de ojos con ‘Sí’, preludio del cierre a brazos abiertos con ‘Lady Blue’,  y ‘La constante’  con las que  se acaban las dos horas después de 25 canciones.

Dos horas de expectativas vitales tornadas en certezas musicales. En una ceremonia de rock creciente liderada por un Bunbury que irradia carisma, que regala infinitas poses y que defiende su nuevo repertorio con contagioso ardor escénico. Con la actitud correcta de un cantante de la vieja escuela y un creador que siempre mira al futuro. Con ese no sé qué.

Fuente: Europapress

 


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